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Niadela. Nature writing en una casa aislada

Guest post con Yolanda Mora

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Bauhaus girl y Yolanda M.
feb 09, 2026
Cross-post publicado por El Substack de Dol
"Escribí sobre el Libro "Niadela" de Beatriz Montañez en el espacio de arquitecturas interiores de Bauhaus girl. Te invito a explorar su mundo. Y lee. Siempre. ¡Todo lo que puedas! Love, Yolanda."
- Yolanda M.

El colmo del sueño minimalista es venderlo todo y vivir en plena naturaleza, recuperando el alma de la vida de aldea.

Reformar lo indispensable de una casa rural:

Un techo que te proteja de la lluvia, paredes limpias, una estantería para los libros. Sillas para desayunar fuera al sol.

Cama para dormir.

Mesa para escribir.

Electricidad y wifi.

Un nómada digital no necesita más.

La decisión de huir del mundanal ruido. Vivir con mínimo gasto. No desear nada más que tu mente contemplativa.

El libro Niadela de Beatriz Montañez, presentadora de televisión que abandonó los platós por esta soledad, describe ese tipo de vida en lo que se ha denominado “nature writing”.

Doy paso a Yolanda y su visión de esta escritora contemplándose a sí misma en esta soledad radical.

Niadela, la niña herida escribiendo en la naturaleza. Por Yolanda Mora

“Me despierto cuando el cárabo, con su canto abovedado y lánguido, todavía llena de vaho el crepúsculo.”

Beatriz Montañez

De qué huyes cuando huyes de tu vida de éxitos. En el caso de Beatriz Montañez, fue la muerte de su padre. Y es que los Daddy issues me persiguen, la Ausencia. Diríase que voy cazando estas ausencias para abordar mis temas más personales, porque no hay nada mejor que ir al corazón de uno mismo para alcanzar cierta universalidad.

Por eso quiero hurgar más y más hondo en la herida. Que sangre y que salga todo: el potencial de uno mismo alcanzando su nivel más alto.

Nuestra heroína, la periodista y presentadora (y filósofa y guionista, y si quisiera podría ser también modelo a tiempo completo) se aísla huyendo de la televisión y se hunde primero, deja de creer en todo. No se habla de la muerte del padre en casa, que ocurrió cuando ella era pequeña. Y ya sabes que lo que no se nombra, se vuelve omnipresente. Una presencia gigantesca que explota y la echa a ella misma de su vida, con esa cara preciosa. De modo que todo el nihilismo chic, el activismo glamuroso, la televisión y los focos dejan de tener sentido para ella. Y corre a refugiarse en un estado que ella recuerda que es en el fondo ella misma: el silencio en la naturaleza y la escritura, la filosofía.

Nada de maquillaje ni ropa nueva. Un chándal negro a modo de luto por su padre. Negro, el color que absorbe y conserva el calor del sol. Estudio y observación de la naturaleza, integración total en la naturaleza.

“No utilizaré la palabra como bala, sino el silencio como arma.”

Entrada de la casa. Foto de Beatriz Montañez

“Nada tengo” - comienza el libro.

“Nada tengo. La casa donde vivo es prestada, como lo es el coche que me lleva al pueblo más cercano para comprar comida y otras cosas de primera necesidad. He conseguido reducir mi vida a los dos únicos contratos imprescindibles cuando se vive aislada y en soledad: una tarjeta de débito y un teléfono. Siempre visto de negro, pantalones y sudadera; cuando se rompen, los remiendo.”

Así pues, Beatriz Montañez es esta joven: una empollona en la biblioteca. Una chica solitaria buscando respuestas en los libros. Se convierte en un eremita. Como un monje. Una casa de pueblo abandonada, fue un almiar, un refugio de pastores… algo abstracto terriblemente romántico para hacer poesía a partir de su nombre. Y desde el centro de su corazón. Niadela.

Vivir con menos. Y un poco menos cada vez. Sol y filosofía. Y literatura. Caminatas al monte. Hermano Sol y Hermana Lluvia, Hermano Precipicio, como San Francisco de Asís.

Las horas pasan. Los días no transcurren en orden en este libro. Agrupa historias, o no-historias. Los sucesos son mínimos. No ocurren grandes aventuras en una vida aislada en una cabaña. Aprendiendo el nombre de la flora y fauna de la región. Agrupa los episodios por temas. El tiempo avanza y se detiene. Ocurre una reminiscencia. Como un sueño. Como la mente en meditación, las escenas del pasado suceden en el presente. Los planes futuros se hilan a partir de un hecho pasado. Las estaciones se confunden, describe el tiempo, el frío, el ruido, oímos su aliento en la ventana. El frío de la piel del lagarto.

“No comeré si no estoy hambrienta.”

Y le gusta cocinar. Come con las visitas, amigos que pasan unos días con ella. Cocina para ellos.

Se levanta, sale al poyete en la puerta con un café solo. Sólo come cuando tiene hambre. Una pastilla de chocolate como premio cuando logra algo, reparar algo de la casa, un logro, averiguar cómo funciona la chimenea para no morirse de frío en invierno.

“Escribo sobre una mesa alargada repleta también de libros con notas. Cada libro que leo tiene su propia libreta. Hay cientos. Copio frases y palabras que considero es peciales, de esas que parece que se escuchan por primera vez; frases que conjugan, como en un hechizo, las palabras perfectas para explicar algo que quizá nunca nadie fue capaz de entender antes. Esta magia solo la he encontrado en los clásicos. Debajo de esas palabras escribo lo que me sugieren sin pensarlo demasiado. Escribo con lápiz. Me gusta el ruido de la mina cuando roza la piel crespa de la hoja; manchas negras sobre el blanco. Como siempre, el pensamiento ensucia hasta la más pura de las formas.”

Una vez se puso enferma. Se encuentra débil y tiene miedo. Echa de menos compañía, que alguien cuide de ella. Se siente morir, y teme que la encuentren muerta, o que nunca la encuentren, porque prácticamente ha desaparecido para la sociedad. Se da ánimos con una onza de chocolate. Nada más. Agua y a la cama. Delira.

Su amante (otro actor muy conocido) la visita. Relación a distancia. Ella le comunica las bondades de su vida pura, y él no puede abandonar sus compromisos. No quiere su misma dieta, sus valores nuevos, sus libros, su ritmo.

Acaban rompiendo.

“Hace diez días que no sé de nadie y nadie sabe de mí. Hace ocho días que no escucho el sonido de mi voz, aunque ahora escucho las palabras resonar en mi cabeza”

Yo no veía la tele ni el programa de la tele donde ella salía en esos años. No tengo tele.

Bueno, sí tengo, pero la utilizo para colgar papeles, trapos, hago performances y no tengo tiempo porque me paso la vida correteando por la ciudad, teniendo mis propias relaciones. Y luego llego a casa y hay tanto que hacer que no puedo perder tiempo viviendo las vidas vicarias de las series. Y mucho menos me apetece pagar por ver la tele, Netflix o así. Y si me interesa una película, voy al cine. Sólo tiene sentido ver estas historias en pantalla grande, una sala con el sonido bestial, olor a desinfectante y palomitas.

Quedarme en el salón viendo la tele es envejecer más rápido, perderme los planes con la gente real en la calle. En realidad yo no sabía quién era Beatriz M. El personaje me resulta nuevo y es refrescante descubrir a esta mujer como escritora.

Aparte de todo eso, en esos años, 2010, 2015, mi propia enfermedad me impedía estar más de veinte minutos sentada en la silla siguiendo las chorradas de los tertulianos en estos programas perfectos para la sala común de un manicomio.

Aun así, he buscado en Google y te salen las fotos de las revistas de papel cuché con ella y su novio de entonces, el Actor Famoso, y esas películas donde sale él sí las he visto, allá por los principios de los años 2000.

Interior de la casa. Foto de Beatriz Montañez

“No dudaré de mí hasta que no haya dudado de todo.”

La estructura del libro no es lineal, aunque ella redacta a modo de diario. Esto es un libro y hay que hacer arte de las horas mirando a los lagartos reptando por la pared, el pájaro que la visita cada día. Una zorra se acerca y es su espíritu animal. Se atreve a alimentarla. Cuando llega a su puerta y ella le echa un pedazo de carne: un día se acercará del todo y la devorará a ella.

La zorra vuelve cada día, se acerca un poco más. Ella también se aproxima. Dependencia. No quiere que dependa de ella, quiere que cace. Su naturaleza es cazadora. Carne cruda, y lamerse los arañazos de las ortigas con la lengua propia.

Hablar con los animales y evitar a la gente del pueblo. Escribir sobre la escritura misma= filosofía. Lee a Nietzsche. Ama a Carl Jung.

¡Esta anorexia vital!

Sale a andar cuando no puede más. Como ella dice, se puede perder la cabeza, pero el culo no. Hace sentadillas, planea excursiones. Se lleva un palo y sale con provisiones y una cantimplora. Qué aventura. En una prosa poética bellísima.

Te pido paciencia para leerla, la enumeración de insectos, plantas, descripciones de tonos de verde (nature writing), revelaciones sobre su propia naturaleza, sus defectos, lo dura que es con ella misma.

“Salgo de la casa en pijama, a quién le importa, para contemplar la imagen cósmica del mundo. La imagen se fosiliza, es ya recuerdo primitivo. Por un instante, tengo la sensación de que de mí no queda nada. El observador no importa. Lo observado se convierte en pupila y córnea, y avanza hasta las cuevas más profundas de la memoria. En el paisaje, una quietud sobrehumana. El corazón se abalanza. Despega. A mis oídos llega un clamor exaltado, la brisa lo zarandea. Cientos de pájaros en cantos prenupciales alborotan las hojas más cercanas a su percha. La mañana sabe a almendras tostadas, huele a almíbar de hierba. Esa luz sacra de las primeras horas se frota con el paisaje, mustia y blanda. La radiografía de verdes empacha mi limitado conocimiento de los colores. Chopos, fresnos, olmos, encinas, pinos, almeces, serbales, carrascas, madreselvas, zarzamoras, romeros, boj, malvas, margaritas, amapolas, lavandas, tomillos, cardos…”

Niadela vista por Beatriz Montañez

Yo tenía una amiga que también quiso huir de la civilización, estaba decidida a vivir sin dinero. Quería demostrar que no era necesaria una “sociedad capitalista” y tal. Para ella, el dinero era sucio. Con una taza de té en la mesa de una terraza al sol y sin haber probado una bañera en días, sin peinarse porque eso era rendirse al patriarcado y a la sociedad burguesa, la invitamos al té. La invitamos a comer. Le compramos una libreta Moleskine de piel roja y verde y dorada, papel de lujo para sus dibujos, que costó un sucio dinero $$. Vivía en casa de su exnovio. Sus ideas se caían por el precipicio asturiano donde se enclavaba la casa neo-hippie de esta comunidad de adictos a la marihuana. Demasiados años de aislamiento.

Todo el libro es un estado sublime. Éxtasis en la escritura. Y café. Al sol.

Baila desnuda en la naturaleza, se tumba sobre la mesa. Piensa. Escribe. Camina. Se bañaba con cubos al principio. No había electricidad. Poco a poco fue volviendo habitable la casa, y a estas alturas, todos sabemos que la casa es una metáfora del cuerpo. Con el libro Niadela, escribe la historia de la rehabilitación de su propia alma.

“Me detengo delante de la oscura puerta de madera estriada. Busco la llave y abro. No voy a entrar en detalles aburridos, todas las casas viejas y deshabitadas se parecen. Telarañas, polvo, insectos, animales vertebrados e invertebrados, diminutas sombras… En alguna que otra ocasión, según me dijeron, alguien había pasado por aquí una tarde, quizá una noche, pero esa era toda la compañía que había recibido la casa en los últimos tiempos. Llevaba trece años sin ser habitada. Tardo una hora en acostarme. Mi repulsión a los insectos me lo impide. Antes debo asegurarme de que no haya nada en la cama, encima o debajo de ella, en los rincones o dentro del armario, que pudiera asustarme, picarme o emitir algún ruido extraño. Me acuesto vestida; demasiado escrupulosa todavía. He pasado cinco años en estado larvario y sé que esta noche da comienzo una nueva etapa de mi vida.”

Foto de Niadela de Beatriz Montañez

Tengo que reconocer que me pone leer libros sobre el aislamiento donde nunca sucede nada, y tienes por delante la tarea que es la enumeración de bichos, plantas, árboles, estados de ánimo, descripción del tiempo, el paso de las estaciones.

El único alivio a tanta tensión son los flashbacks (recurso muy cinematográfico, y tan literario que me quiero morir). Los saltos hacia atrás te sacan del presente y te sumergen en una atmósfera muy rica de vivencias y voces que resuenan y te acompañan como una capa ondeando al viento. En un episodio, ella grita contra el monte, y el eco repite su grito y entonces reflexiona sobre la distancia y el sonido del grito y en cómo va a regresar a Niadela, y en el sendero que la ha llevado hasta allí, y en lo orgullosa que está, chica urbanita, de orientarse bajo el sol y las estrellas en medio de esa jungla que es el monte, o su amasijo de neuronas. Las posibilidades existenciales son tan grandes, (rutas, capítulos, decisiones, recuerdos) que si no tuvieras disciplina militar, te arrastrarían a la locura.

Dar forma a todo esto, leerlo todo seguido y que tenga interés es un reto. Echo de menos el brío y el ritmo y la mala hostia de la escritura mística de Teresa de Ávila, fundando conventos por toda Castilla, dando esquinazo a la Inquisición y camelándose a las nobles entre lecturas bíblicas y escritura arrebatada.

TV

El primer paso para encender la hoguera en este ambiente de ruidos sordos (la autora siempre lleva tapones cuando baja al pueblo, para no escuchar voces humanas, para esconderse aún más adentro si cabe), es aprender el nombre de los insectos, amarlos, dejar que correteen por tus muñecas y aguantar las tentaciones de todos los santos: cortarte las muñecas, dejarte desangrar cuando la motosierra te rebana un dedo o rechazar el último de los placeres, esa onza de chocolate, premio a un día duro que has superado.

Este masoquismo merece una escritura mayor. Dale caña, mujer. Y quítate los tapones. Traga, mastica, respira hondo, y habla sola todo lo que quieras, y después háblale a la gente. Y a tu terapeuta. Especialmente habla con otro ser humano. En cuanto puedas.

Sueno cínica. ¡Urbanita!

En mis recuerdos del campo, había siempre plagas de ciempiés en verano, y las escolopendras tenían un escondite favorito en las camas. Se acurrucaban en los dobleces, el embozo, correteaban e inyectaban su veneno donde pillaban, los pies, los ojos. Mi hermana y yo teníamos mucho cuidado al estirar las piernas para que los pies no tocaran el cuerpo de estos gusanos.

Mi interior es crudo, no soporto el aislamiento porque a mí casi me mata. A nuestra autora, en cambio, la devolvió a la vida.

Pero tú, Bauhaus girl, fíjate en cómo adecentar estos interiores. Me refiero a la arquitectura, quiero saber si había humedades, si lo pintarías de otro color. Si necesitas una viga extra que sostenga todo este peso mental.

…

…

Recomiendo esta maravillosa entrevista con Alex Fidalgo:

¡Gracias por invitarme a tu Substack, Bauhaus girl!

La próxima vez escribes tú en mi casa de lo que te salga de dentro.

Mucho amor,

Yolanda.

…

PS. Escucha a Beatriz Montañez leyendo un fragmento de Niadela Cloud Player de Audible

Gracias por leer. ¡Ven a pensar conmigo sobre las arquitecturas exteriores e interiores! ¡Suscríbete!

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Una publicación invitada por
Yolanda M.
Diario de una artista. Escribo y dibujo la Ópera introvertida, un cuento cruel ridículamente erótico. Body horror, spoken word. Cuando me canso, escribo sobre arte y otros eventos traumáticos. Artist | Painter |Artista | Escritor |Writer
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